Un tambor y veinte corazones. Dragón Boat, 9 mayo 2025
El 9 de mayo, ha sido un día especial para nosotros, de entrenamiento previo a nuestra primera competición, en donde los veinte corazones a bordo del dragón boat comenzamos a latir con un ritmo expectante.
El día prometía, después de varias jornadas nubladas, el sol de la mañana pintaba de oro las suaves ondulaciones del agua. Arriba el cielo, un lienzo teñido de un profundo azul cobalto hasta de un purísimo cian, salpicado de espesas y caprichosas nubes algodonosas con un blanco inmaculado. Todo auguraba una jornada vibrante. Las palas, aún en reposo, esperaban el primer golpe del tambor, el latido guía que unificaría nuestros movimientos.
En esta ocasión, yo me encargaba del tambor, tomé aire, alcé la mano batiendo la baqueta hasta golpear con fuerza el tambor. Resonó, un thump profundo que se clavó en el pecho de cada palista. Fue como el primer pulso de un corazón colectivo, marcando el inicio de una danza coordinada sobre el escenario del agua tranquila y el telón de fondo de Sierra Nevada. A ese primer golpe le siguió otro, y otro más, espaciados con una precisión que pronto la sentiríamos orgánica, visceral y gratificante.
Las palas se hundieron en el agua al unísono. La sensación fue inmediata: la resistencia fresca y firme del agua del pantano cediendo a nuestro empuje coordinado. Cada inmersión era un latido sincronizado con el tambor, un pulso que empujaba la embarcación hacia adelante. El agua a veces salpicaba, lanzando pequeñas chorros que brillaban fugazmente antes de volver a fundirse con la superficie. El olor a naturaleza limpia y a vegetación se mezclaba con la frescura del agua de la que también disfrutaban apacibles patos blancos que nos miraban con curiosidad. Todo un mundo de sensaciones indescriptibles y agradables que nos acompañaban a cada palada.
Al entrenar los 100 y 200 m., y a medida que el ritmo del tambor se hacía más constante y enérgico, el equipo respondía. Yo percibía que no éramos veinte latidos individuales, sino una sinfonía de pulsaciones que se acompasaban con la percusión insistente. La fuerza de cada brazo se sumaba a la del compañero, creando una potencia sorprendente. Sentíamos el deslizamiento suave del barco sobre el agua, la sensación casi mágica del movimiento generado con la fuerza del esfuerzo común.
El sol calentaba la piel, pero la brisa que levantaba la propia velocidad del barco nos proporcionaba alivio. En los breves momentos de descanso, se alternaban las risas, los comentarios y las explicaciones técnicas de nuestro entrenador…, para de nuevo volver al sonido constante del tambor y el chapoteo rítmico de las palas. Era una inmersión total en la naturaleza, amplificada por la sensación de estar moviéndonos en armonía con ella.
Cuando el tambor marcaba un redoble más rápido, los palistas repondrían con una aceleración palpable. La respiración se notaba más intensa, los músculos trabajando con fuerza tratando de mantener la sincronía. Era un desafío, sí, pero también una celebración de la fuerza colectiva, de la capacidad de un grupo de personas para unirse en un propósito común de disfrute y superación. En estos momentos, importaba menos el resultado de nuestra próxima competición.
Y cuando después de 2 horas, finalmente el tambor cesó, sentimos un silencio que parecía amplificar los sonidos de la naturaleza, nuestros corazones tardaron un instante en volver a su ritmo. Pero en ese silencio quedaba la resonancia de la experiencia compartida, la emoción imborrable de haber sido parte de un latido más grande, del disfrute de haber navegado juntos bajo un espectacular cielo azul, con el ritmo del tambor y la caricia constante del agua.
Azucena Martínez Corbella, Alumna del Aula APFA, socia de ALUMA y componente del equipo de piragüismo Dragón ALUMA.










