ALUMA: aprender, convivir y descubrir más allá del aula.
Una jornada de naturaleza y amistad en Ermita Vieja, Dílar.
10 de octubre de 2026.
Hay días en los que el aprendizaje no se encuentra entre las cuatro paredes de un aula, ni en los apuntes que llevamos en el bloc de notas. Está en un sendero junto al río, en las explicaciones de quienes conocen el terreno, en una conversación inesperada o en una mesa alrededor de la cual nos sentamos personas que apenas nos conocíamos unas horas antes.
Algo de todo eso vivimos el pasado 10 de octubre, los aproximadamente setenta participantes, entre socios de ALUMA, alumnos del Aula Permanente de Formación Abierta (APFA) de la Universidad de Granada y acompañantes, que nos reunimos para disfrutar de una jornada de convivencia en el Aula de la Naturaleza de Ermita Vieja, en Dílar.
El comienzo del curso académico nos ofrecía una magnífica ocasión para encontrarnos fuera del entorno habitual de las clases, estrechar lazos y conocer a otros compañeros. Porque el APFA no es solamente un espacio de formación: también es una oportunidad para intercambiar experiencias, descubrir afinidades y establecer nuevas amistades.
Como es habitual, el punto de encuentro fue junto al aulario de Derecho, en Fuentenueva. A las 9:30 de la mañana estábamos convocados. Nos esperaban un autocar y un microbús, y todos fuimos puntuales. El trayecto resultó corto y agradable: a las 10:15 ya nos encontrábamos en las inmediaciones del Aula de Naturaleza de Ermita Vieja.
Los vehículos nos dejaron en una zona próxima al río, con espacio suficiente para maniobrar. Desde allí continuamos a pie por un camino que nos condujo hasta las instalaciones.
A nuestra llegada nos recibió Juan Fran, como parte de la propiedad, acompañado de dos monitoras, María y Carmen, que se encargarían de guiarnos y mostrarnos algunos de los atractivos naturales e históricos de aquel entorno.
Como todos habíamos desayunado antes de salir, pudimos comenzar enseguida las actividades. Nos dividieron en dos grupos para realizar sendos recorridos, adaptados a diferentes niveles de dificultad. Uno seguiría un camino más cómodo, con menor desnivel y un firme más estable; el otro afrontaría una ruta más exigente, con mayores pendientes y un terreno menos sencillo.
Dos caminos diferentes, pero un mismo propósito: disfrutar de la naturaleza y vivir una experiencia enriquecedora.
Yo me incorporé al primer grupo, acompañado por María y Carmen. Elegimos el recorrido junto a la ribera del río Dílar, una caminata tranquila que pronto nos permitió descubrir el encanto de aquel paraje.
El río nace en las alturas de Sierra Nevada, en el entorno de la laguna de las Yeguas, y comienza allí un recorrido que, a través de distintos paisajes, lo conduce finalmente hasta el río Genil.
Entre el arbolado, la frescura de la vegetación y el discurrir del agua, caminar se convertía en una experiencia para los sentidos. Su sonido, constante y cambiante a la vez, acompañaba nuestros pasos.
Detenerse junto a alguno de los pequeños rápidos y contemplar cómo el agua se abría camino entre las piedras tenía algo de hipnótico.
¡Qué tendrá el agua y qué tendrá el fuego! Son elementos tan diferentes y, al mismo tiempo, tan necesarios que basta contemplarlos durante unos minutos para abstraerse de todo lo demás. Podemos quedarnos ensimismados ante las llamas de una chimenea o escuchando el murmullo de una corriente.
En esta ocasión no había fuego y, sinceramente, tampoco hacía falta. En aquel hermoso rincón, el agua era la auténtica protagonista. Su sonido parecía invitarnos a detener el tiempo, olvidar las preocupaciones cotidianas y disfrutar, sencillamente, de estar allí.
Durante el paseo hicimos una parada junto a un aforador instalado en el río. María y Carmen nos ayudaron a comprender la importancia de estos sistemas de medición y control del agua. Mediante los dispositivos adecuados, permiten conocer o estimar datos fundamentales, como el nivel que alcanza la corriente y el caudal que pasa por un punto determinado, expresado en metros cúbicos o litros por segundo. Según el sistema de aforo y los instrumentos disponibles, también pueden obtenerse otros datos relacionados con el comportamiento del agua.
Aquella parada nos recordó que un río no es solamente un paisaje bonito: también es un recurso natural que debemos conocer, gestionar y proteger.
Continuamos nuestro recorrido hasta llegar a la central hidroeléctrica de Nuestra Señora de las Angustias, situada junto al río Dílar. Popularmente, este lugar era conocido como la fábrica de la luz, una denominación que todavía perdura en la memoria de la gente.
Allí, junto a sus puertas, María nos ofreció una breve explicación sobre la central y su entorno. Durante aquella parada se incorporó a la conversación Anastasio, un vecino de Dílar de 92 años que, con la sabiduría que proporcionan los años y la experiencia, nos aportó algunos detalles de la historia local.
Nos habló de la zona y de antiguos propietarios de terrenos en el municipio, entre ellos el marqués de Dílar, así como curiosidades del propio río. Su intervención añadió a la excursión una dimensión diferente: la de la memoria de quienes han vivido y conocido de primera mano la evolución de estos lugares.
Porque el paisaje no está formado únicamente por montañas, árboles y agua. También guarda historias, recuerdos y huellas de las personas que lo han habitado.
En aquella misma zona conocimos la diferencia entre el Parque Natural y el Parque Nacional de Sierra Nevada. Ambos espacios tienen sus propias figuras de protección, aunque sus perímetros pueden encontrarse próximos e incluso colindar. A pocos metros de donde nos encontrábamos comenzaba el ámbito del Parque Nacional, y algunos compañeros aprovecharon para acercarse al cartel que anunciaba esta denominación.
Cumplido el recorrido, emprendimos el regreso al Aula de la Naturaleza. Lo hicimos sin prisas, entre conversaciones, bromas y algún que otro chascarrillo. La caminata había sido cómoda y enriquecedora, tanto por lo aprendido como por la oportunidad de estrechar lazos con otros compañeros.
Mientras nuestro grupo disfrutaba de la ribera del río Dílar, el segundo había emprendido un itinerario más agreste y exigente. Juan Luis, mi compañero de ALUMA que participó en esa ruta, me ha facilitado algunos detalles de lo que pudieron conocer durante el recorrido.
Caminaron aproximadamente 1,7 kilómetros, acompañados del monitor Juan Fran, por una senda con mayores dificultades que las del primer grupo. Durante el trayecto pudieron observar las zonas donde habitan las cabras monteses y conocer la existencia de un área de aislamiento para ejemplares afectados por la sarna, una enfermedad que puede propagarse entre estos animales.
A medida que avanzaban, los monitores les fueron mostrando algunas de las plantas aromáticas características de la zona: romero, tomillo, salvia y cantueso. Plantas que forman parte del paisaje mediterráneo y que, además de sus aromas, nos hablan de la riqueza de la flora de nuestra sierra.
La subida les permitió contemplar también el perfil de una de las elevaciones más reconocibles del entorno: la Boca de la Pescá. Su silueta montañosa fue otro de los puntos de interés de una caminata que combinó naturaleza, conocimiento y ejercicio físico.
Y, por lo que nos cuenta Juan Luis, había también una motivación adicional para regresar!: la cerveza que esperaba, junto a la comida, en el origen de la partida.
De vuelta en las instalaciones, nos reunimos todos para comer. Fue una comida sencilla, con productos propios del lugar, pero suficiente para recuperar fuerzas después de la mañana de caminatas.
La mesa se convirtió en otro espacio de encuentro. Sentados unos junto a otros, pudimos conversar con compañeros con los que quizá apenas habíamos intercambiado unas palabras en clase, o incluso con quienes todavía no habíamos tenido ocasión de hablar.
Después de comer, y casi como si hubiéramos recuperado por unas horas el espíritu de la infancia, disfrutamos de un pequeño descanso antes de participar en la actividad de Las danzas del mundo.
Diferentes músicas y ritmos nos invitaron a movernos, reír y dejarnos llevar por el ambiente. No importaban tanto la habilidad para bailar ni el conocimiento previo de los pasos. Lo importante era participar, acercarse a los demás y disfrutar de una actividad que nos sacaba, una vez más, de nuestras rutinas.
Bailar junto a alguien a quien habías conocido esa misma mañana durante el viaje de ida era una buena manera de comprobar que las distancias entre desconocidos pueden acortarse mucho más deprisa de lo que imaginamos.
Y, como todavía quedaba tiempo, llegó la merienda: un sabroso bizcocho acompañado de café o leche. Un pequeño placer para poner el broche a una jornada que había dado mucho de sí. Fue una lástima que no tuvieran crema de ¡¡¡leche, cacao, avellanas y azúuucar!!!, …. como solíamos merendar, muchos, en nuestra infancia.
A las cinco de la tarde nos esperaba el transporte en el mismo lugar donde nos había dejado por la mañana. Emprendimos el regreso a Granada con la satisfacción de haber disfrutado de un día diferente, lleno conversaciones y buenos momentos.
Fue uno de esos días que explican bien el espíritu de ALUMA: la convivencia, la amistad, el buen humor y las ganas de seguir aprendiendo, también fuera de las aulas.
Era la primera vez que yo participaba en una jornada de convivencia de la Asociación y regresé con la sensación de haber vivido un buen día de aprendizaje y conocimiento.
Hay algo que me parece especialmente valioso en estas actividades: nos permiten salir del encasillamiento de la clase, de la bancada en la que todos miramos hacia el mismo punto, el profesor, mientras vemos las espaldas de quienes se sientan delante de nosotros.
En Ermita Vieja sucedía algo diferente. Nos sentábamos alrededor de una mesa, conversábamos en el patio, caminábamos juntos o bailábamos con alguien a quien apenas unas horas antes no conocíamos. Sin darnos cuenta, abandonábamos lo conocido, lo estable, lo habitual, lo esperable; salíamos de nuestra zona de confort.
En el APFA conviven personas de edades muy diversas, desde quienes rondan los cincuenta años hasta quienes acumulan algunas décadas más de vida. Cada una llega con su historia, su profesión, sus inquietudes y su manera de entender el mundo. Encontrarse con personas distintas, escuchar sus vivencias y descubrir puntos en común constituye, por sí mismo, una forma de aprendizaje.
A veces pensamos que aprender consiste únicamente en adquirir conocimientos nuevos. Sin embargo, también aprendemos cuando escuchamos, cuando nos atrevemos a conversar con alguien a quien no conocemos y cuando descubrimos que las diferencias de edad, profesión o experiencia no tienen por qué separarnos, sino que pueden enriquecernos mutuamente.
Por eso, jornadas como la de Ermita Vieja son mucho más que una excursión. Son una oportunidad para ampliar nuestros horizontes, fortalecer los vínculos entre compañeros y comprender que la vida en el Aula va mucho más allá de las clases.
Me llevé de Dílar el recuerdo del agua discurriendo entre las piedras, de las explicaciones de los monitores, de la memoria de Anastasio, de las conversaciones alrededor de la mesa y de las risas durante los bailes.
Pero, sobre todo, me llevé una certeza: abrirse a personas que no conocemos, con otras experiencias, otras profesiones y otras edades, es un privilegio que merece la pena aprovechar.
Porque nunca es tarde para aprender algo nuevo, descubrir a alguien interesante o hacer un amigo.
Y si todo eso sucede, además, en un entorno tan hermoso como Ermita Vieja, la jornada no puede haber sido más provechosa.
Alejandro Ramírez.
Enlaces de interés:
- https://wastemagazine.es/sierranevada-bocadelapesca.htm
- https://www.juntadeandalucia.es/medioambiente/portal/web/ventanadelvisitante/detallebuscador-mapa/-/asset_publisher/Jlbxh2qB3NwR/content/ermita-vieja/255035
- https://mirablogdegranada.blogspot.com/2013/06/central-hidroelectrica-del-rio-dilar.html
DÍA DE CONVIVENCIA
Hoy 10 de octubre del 2026
salía ilusionados, y alegres,
un nutrido grupo de personas.
a una escursion campestre.
Un día de convivencia precioso
para que los alunnos se unan,
algo que con gran acierto,
nos prepara cada año Aluma.
Hemos pasado un día fabuloso,
disfrutando a tope la naturaleza,
en buena compañía, buen ambiente,
además de placentera convivencia.
La escursion ha sido al río dilar,
entorno reconfortante y maravilloso,
en el espacio de sierra nevada,
paseo relajante, y beneficioso.
Hemos hecho recorrido por el cauce del río,
caminando, contemplando y admirando,
la inmensa vegetación silvestre,
que con interés encontrábamos al paso.
Empapandonos de cosas interesantes,
en nuestro interesante recorrido. ¡Como!
que el río dilar nació a tres mil metros, mide 86 de largo,
en lagunillas de la Virgen, tras la laguna de las yeguas,
desenboca en el río genil, y termina en Guadalquivir,
Además de inmensa vegetación silvestre,
que nos fue describiendo Maria la monitora,
como álamos, mimbre, cornicabras, torbisco,
majoletos majuelos, escaramujos, zarzamora.
Todo lo fuimos disfrutando y procesando,
a lo largo del confortable recorrido,
para terminar uniendonos a los compañeros,
al almuerzo, deseado y compartido.
Lugar Aula de la naturaleza, restaurante, recomendable,
buena comida, rapidez, limpieza, y trato agradable
café, risas, bizcocho, compañerismo, música, baile,
se nos ha hecho corto, bajo mi punto de vista, inmejorable.
Solo resta agradecer sinceramente, a Aluma,
este día de grata y placentera convivencia,
y a esa directiva tan conprometida y genial,
que se esfuerza en proporcionar estas vivencias,
para quedisfrutemos y lo pasemos lo mejor posible,
algo que hay que valorar y deberemos tener en cuenta.
Un abrazo para todos, y hasta la próxima, propuesta.
Con cariño… Laura Hispan















































