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Una escuela de naturaleza: ALUMA visita el Torcal de Antequera, 16 de octubre de 2026

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Piso una tierra distinta, donde el silencio se yergue y se expande como una ola en el mar. Avanzo y me sitúo en el centro de esta escuela de naturaleza. Basta con mirar alrededor: montañas que parecen haberse creado a sí mismas y que, poco a poco, se desmoronan al paso inexorable del tiempo, convertidas en un cúmulo de piedras que forman un bosque de formas y esculturas. Y me pregunto: ¿quién es el cantero?, ¿quién es el artista que ha cincelado estas rocas a lo largo de millones de años? La respuesta es única: ¡el tiempo!

El grupo de estudiantes sénior de la asociación ALUMA contempla, perplejo, este mundo natural y callado; un universo en aparente quietud, donde enormes piedras descansan unas sobre otras y mantienen un equilibrio de precisión como tortas colocadas por un gigante.

El tiempo triunfa: es invencible y se revela más poderoso que la dura piedra. Con la ayuda del viento, que la lima con inagotable paciencia, y del agua de lluvia, que se filtra entre sus grietas y rendijas, para que el hielo termine su trabajo: la fragmenta y trocea para crear este inmenso paisaje de piedras de tonos claros y oscuros, fruto de una transformación milenaria, de su propia vejez.

En ese universo de piedras, cimas y simas, caminos empinados y senderos serpenteantes, parece esconderse una ciudad esculpida por el capricho del destino, con calles, callejones, plazas y cuevas. Todo queda envuelto en una atmósfera de sosiego que sorprende al caminante. Hay rocas enormes que parecen no pesar, cabras montesas suspendidas en los riscos y buitres leonados que trazan círculos en el cielo abierto. Un solitario chaparro, encajado en una grieta, sigue creciendo hacia arriba; en otra hendidura, se asoma la cabeza de un lagarto, quizás sorprendido por el inesperado torbellino de visitantes mayores que se mimetizan con las viejas rocas del entorno.

Con el tiempo detenido y sin cobertura de móvil, todos nos sentimos dichosos de estar en este paraje tan singular como el Torcal de Antequera, aislados por unas horas de ese otro mundo exterior marcado por la crispación política, los conflictos deshumanizados y las injusticias.

Con la ilusión contagiaba de jóvenes estudiantes que salen de excursión, alrededor de cincuenta personas mayores aguardaban en el autobús mientras se agotaba la última hora de la noche. La asociación ALUMA había sembrado una gran expectativa al programar una visita al paraje natural del Torcal de Antequera, un lugar de extraordinario valor paisajístico y geológico. Declarado en 2016 Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

La luz del amanecer se abría paso sobre la silueta de las montañas rocosas, mientras el autobús avanza por una carretera estrecha y sinuosa. Todos ilusionados  ante el programa previsto para esta excursión, donde nos acompañaba  un día soleado de un estrenado  otoño.

La actividad había sido organizada minuciosamente por el vocal de Cultura, Victoriano Martín, y la expedición estuvo coordinada por Rafael Reche, secretario de la asociación.

A primera hora llegamos al centro de visitantes, antes de la llegada de la mayor afluencia de turistas. Se organizaron dos grupos, acompañados por guías especializados que nos condujeron al corazón del paraje por rutas concretas. Algunos tramos presentaban cierta dificultad, que obligaba a caminar a un paso lento pero seguro para sortear el laberinto de piedras.

Durante unas tres horas de recorrido, los guías nos ofrecieron explicaciones detalladas sobre el origen geológico de la zona. Hace doscientos millones de años, este territorio estaba cubierto por el mar de Tetis. Ello, dio lugar a la aparición en algunas rocas fósiles de ammonites, antiguos moluscos cefalópodos, y aprendimos con detalle el interés geomorfológico del Torcal y sus singulares formaciones kársticas, que lo convierten en el paisaje natural más espectacular de Europa. Visitamos el monumento natural conocido como El Tornillo y una cueva estrecha en la que, según nos contaron, se refugiaron dos hermanos maquis después de la Guerra Civil. Además, descubrimos detalles sobre la singular flora y fauna de la zona.

Después de la larga caminata, llegó el momento de reponer fuerzas y disfrutar de una comida de hermandad. Nos reunimos en el restaurante de ruta Molino Blanco, cuyas paredes albergan un llamativo museo dedicado a herramientas, útiles y enseres del mundo rural. En un excelente ambiente de compañerismo, compartimos el almuerzo y degustamos platos típicos de la gastronomía local, como la porra antequerana.

Alrededor de las cinco de la tarde emprendimos el camino de regreso a Granada, después de una jornada intensa y enriquecedora tanto desde el punto de vista cultural como gastronómico. La experiencia también sirvió para estrechar los lazos de amistad y compañerismo entre quienes se han incorporado recientemente a la asociación y los compañeros más veteranos.

Nos adentramos en un mundo diferente y sorprendente, donde la naturaleza y el tiempo modelan un paisaje que cautiva por su belleza.

Rafael Reche Silva, alumno del Aula Permanente de Formación Abierta (APFA) y secretario de ALUMA

La noticia en Ideal en clase

Vídeo de la actividad

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Asociación cultural de los alumnos mayores de la Universidad de Granada

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