Atravesamos montañas, ciudades y pueblos. Cruzamos el Mediterráneo de norte a sur. El cielo se volvía cada vez más pulido y la tierra adquiría el tono ocre de las arenas del Sáhara. Las hélices del bimotor giraban cada vez más deprisa, como si al avión le faltara el aire para llegar a su destino. A lo lejos, todavía se dibujaba la costa africana.
Treinta y nueve piragüistas y acompañantes conteníamos el aliento, atrapados por la emoción de una experiencia nueva. Nos esperaban un fin de semana en Melilla, junto a los compañeros de la sede del Aula Permanente de Formación Abierta (APFA), y la oportunidad de navegar en una piragua dragón compartiendo tripulación con los jóvenes del Real Club Marítimo de Melilla.
Cada minuto era distinto del anterior, y no tendría sentido que yo lo modificase. Desde la ventanilla contemplábamos la línea horizontal de la costa, y un enclave pequeño donde la olas del mar al llegar se disolvía y, junto a su orilla, la ciudad, protegida a sus espaldas una montaña como un gigante: el Gurugú. ¡Melilla!
Como se talla la roca hasta descubrir la forma que esconde, la visita a Melilla fue tomando forma poco a poco: mes a mes, mensaje a mensaje, llamada a llamada. En la organización participaron el capitán del equipo Dragón, Rafael Reche; Carmen Enrique Mirón, coordinadora del Aula de Melilla; Paco Carmona e Isabel Álvarez, del equipo melillense de piragüismo; el presidente del Real Club Marítimo de Melilla, Jerónimo Pérez, y otras personas que contribuyeron al éxito de esta convivencia.
Con paso ligero y la gorra roja puesta —con el escudo del dragón, las palas y el lema de la Universidad de Granada—, avanzamos por el pequeño aeropuerto, tan próximo a la frontera con Marruecos.
Busco el sol templado de las seis de la tarde, que juega a esconderse entre las piedras y las almenas de la imponente ciudadela.
Los primeros minutos en una ciudad desconocida, como lo era Melilla para muchos de nosotros, siempre son especiales. Algunos recuerdos permanecerán durante meses o años para que puedan ser sustituidos por otras experiencias.
El guía nos explica los siglos de historia que se concentran en aquel lugar. Tratamos de rescatar ese pasado y traerlo al presente para que no caiga en el olvido: el laberinto de calles estrechas y protegidas del recinto fortificado, los aljibes, las esculturas de personajes históricos, los cañones que apuntan hacia quienes osaron asediar la ciudad y tantos rincones cargados de memoria. Tras dos horas de recorrido, antes de que el cansancio hiciera acto de presencia, abandonamos las murallas y nos dirigimos a la plaza de las Culturas.
El placer de viajar no consiste solo en llegar a un destino, sino también en enriquecernos como personas. Por eso, este encuentro se preparó con especial interés: primero, con nuestros compañeros universitarios de la sede del Aula Permanente de Formación Abierta de Melilla (APFA) y, como colofón, con los más jóvenes, integrantes del equipo de piragüismo dragón del Real Club Marítimo de Melilla. Destacar a los mdios de comunicación que cubrieron nuestra visita como Onda Cero de Melilla y la Televisión de la ciudad Autónoma. Una mención especial a los medios de comunicación de la Ciudad Autónoma, Onda Cero y la televisión de Melilla, que recogieron nuestro encuentro.
La edad no pone límites a la hospitalidad. Un grupo de compañeros del Aula de Melilla nos recibió con alegría, abrazos y besos de bienvenida. Quienes llegábamos desde Granada compartimos con ellos una cena en una terraza, donde disfrutamos de la singular gastronomía de la ciudad, fruto del encuentro de cuatro culturas y de la fusión de las cocinas andaluza y magrebí: pinchitos, cuscús, pástela, fritura de pescado…
Al día siguiente, Melilla nos dio los buenos días con un sol naciente sobre el mar en calma. Nos quedamos paralizados en la terraza del hotel, contemplando aquel amanecer espectacular.
Nos sorprendimos con el azul de un mar pausado, bajo un cielo despejado y un sol que avivaba nuestro deseo de navegar. Nos esperaban tres embarcaciones dragón, de diez palistas y un timonel. La actividad se organizó con dos relevos, con un recorrido de una hora y media.
Las tripulaciones eran mixtas: melillenses y granadinos, jóvenes y mayores, todos unidos por algo que va más allá de nuestras diferencias y de lo que somos o seremos. Nos hermanaba el mismo espíritu deportivo y el deseo de avanzar en una misma embarcación, al compás de unas paladas sincronizadas, en un espectáculo de belleza única.
Me quedo con la experiencia de estar en mar abierto y sentir cómo el tiempo se ensanchaba. Me quedo con la vista panorámica de la ciudad, con el sonido de las palas al cortar el agua y con el latido unísono de todos los corazones impulsando al dragón. Y, sobre todo, me quedo con esa sensación de fraternidad, como si nos conociéramos de toda la vida: chicos y chicas melillenses y granadinos compartiendo instantes precisos e irrepetibles.
Como broche final, celebramos una comida con raciones típicas de la ciudad en el Real Club Marítimo de Melilla. Sentados en mesas compartidas, como un solo equipo de piragüistas dragón, intercambiamos risas y anécdotas y, sobre todo, cantamos nuestras canciones y los lemas del equipo.
¡Ese equipo! ¡Oé! ¡Ese dragón! ¡Oé, oé y oé!
Igual que van y vienen las mareas, el domingo al mediodía emprendimos el vuelo de regreso a Granada, llevándonos con nosotros una parte del corazón prendada de Melilla.
Rafael Reche Silva | Granada, 27 de octubre de 2026
Secretario de ALUMA
Video con imágenes de la visita a Melilla, realizado por nuestro compañero Pepe Consuegra.




















